jueves 22 de diciembre de 2011

Todo parece más amable esta época del año. La bala cargada en un arma en el escritorio, lista para besarte, descansa como una amante después de una tarde sudando en la cama de un desconocido: tranquila y hermosa. El cable que te mira con profundo amor, ahí colgando hecho un nudo desde lo más alto del techo. Cuchillos afilados que cantan como si fueran destapadores borrachos, todos desafinados y apuntando a cada centímetro de tu cuello: queriendo acariciarlo. Todos los elementos de un final, ahí disponibles, prostitutas gratúitas que se mueren por besar tu sexo fallecido. La belleza de un verano que arde como si fuera el último que vas a volver a sentir. Así como "la noche deshace todo el trabajo del día", Diciembre se encarga de destruir cualquier cosa mínimamente buena que pasó en el año. Los días hierven mientras me cocino lentamente, mirando hacia la misma pared blanca con manchas amarillas. Chorreando sudor como un cerdo que se desangra. Escribiendo para escapar del corazón. Nada nunca vale la pena, menos al final de casi todo. Me puse a pensar (mientras las manchas se agrandan con cada año que ella está abrazando desnuda a su imbecil de turno) en que no estaría mal terminar con todo. Es de una profunda sabiduria y férrea decisión esa de decir "hoy se termina todo". He visto esos ojo que quieren que todas las luces se apaguen en mi cara encendida de vino, la ví en hombres desesperados: sentados en autos con el motor apagado. No tener a ningún lado que ir, no ser bienvenido en ninguna parte. Solamente permanecer encerrados en la magnífica prisión de la miseria. Arrastrar el pensamiento hacia ese último beso en Septiembre, esa ultima llovizna con sus "no podría vivir si me faltás vos" en Octubre y su culo desapareciendo para siempre entre la gente en Noviembre. En diciembre solo queda pasar por su casa como un perro que rasca la puerta, rogando por un hueso. Sus huesos. Todo desapareció en menos de un segundo. En lágrimas que se secaron inmediatamente. Por eso no vendría mal terminar acá. Tal vez este no sea un buen mundo en el que haya que vivir. Tampoco hay otra vida después de esta. Solamente silencio. Vas a poder hablar con vos mismo sobre sus ojos todo el tiempo que quieras. Vas a poder tratar de besarla en Córdoba y Mitre, ahora sí en el medio de la verdadero obscuridad. Es una jugada arriesgada, eso de morirse amando a la dueña de tu alma. Ni siquiera los gusanos van a poder pasarte. Vas a ser ese trago horrendo en la carta del bar en ese cementerio. Me gustaría pensar que voy a poder seguir mirando más manchas y dialogar sobre ella con mis botellas. Incansablemente les describí esa parte de la espalda que te encanta que te besen y como enloquecimos juntos en un río enfurecido por la marea de un amor que ninguno de los dos entendió. No les pude mostrar fotos pero fuí tan preciso y pasaron ya casi décadas de constantemente detallarte, cada noche, cada minuto ebrio, que no necesitan ni siquiera conocerte. Mis botellas te conocen mejor que yo. Tal vez te amen más que yo. Tal vez nunca amé y lo que si amé es contarlas a ellas que tal vez, una vez, estuve enamorado. Y que fué lo peor que me pudo pasar. "Sentandos en silencio, manejando en la obscuridad". Así pasan los hombres, con sus panzas hinchadas y transpiradas en monoambientes que los ven empujando hacia la nada. Noches que solo se soportan con el sexo de la cerveza. Rutas que se obscurecen o desaparecen por completo. Así y todo, a ciegas: pisás un poco, cada vez más, el acelerador. Si no estamos yendo a ningún lado entonces que cualquier momento sea el último no es algo para preocuparse. El vaso se calienta mientras alguien le grita a sus hijos y odia su trabajo y odia a su mujer y odia a la empresa de luz y se siente igual de enojado y triste que yo y su vaso no tiene nada. Punto a favor para mí, entonces. Tal vez no sea la mejor carcel pero es una donde no te cogen tan seguido, quisiera creer. No te rompen la nariz cada dos días, quisiera creer. Hace un calor de sentencia de muerte. Las distancias se alargan y al mismo tiempo nos mantienen a salvo. Yo sé que estar sentado acá, quemando puentes, me hace sentir más fuerte. Nadie está constantemente exprimiendome (creería, aunque es muy dificil tratar de sacarle un centavo a un hombre muerto o un beso a un fantasma). El suicidio más lento de todos es estar constantemente rodeado de gente. Una tortura china. Agujas pequeñas que se clavan en el centro de tu ojo derecho, cada una de esas caras y esos estómagos que necesitan pedazos de tu alma para satisfacerse y poder cagar todas esas partes de tu existencia y acostarse a pestañar en frente de un televisor de alta definición. Ahora en soledad y decidiendo eso de morirse o no, no solo es mucho más alentador y más propenso a vivir que ser parte de ese guiso inmundo. La gente es horrenda y así y todo no lograste que ella en tu cabeza sea el mounstro de tres cabezas que cuida la puerta de entrada de tu infierno personal. Ni todos los bares en la ciudad ni todas las putas esas que llevan lubricante en la cartera y la foto de sus tres hijos te van a alcanzar para poder embarrarla y afearla para destruirla de tu corazón. Su sonrisa va a seguir sonando y sus labios van a seguir besándole la punta de la pija mientras vos tratás de olvidarte como eran sus dientes y sus orejas y sus largas cartas de amor donde eras el único imbecil para ella. Todo esto en la comodidad de tu tumba. Con una eternidad adelante tuyo, para después de eso, poder empejar a olvidarla.

Como siempre, para un amigo. Porque, para bien o para mal, considero un amigo a quien siempre tiene una botella en la mano para mí.

"Porque sentís como que ahora sí te vas a morir"
Te mintieron todo este tiempo.

En ningún momento estuviste viviendo.

jueves 28 de abril de 2011

Ahora te sentás en cualquier bar y la cerveza tiene gusto a cementerio. No pasa nada. Nada se está prendiendo fuego. Las luces se encienden con debilidad sobre una barra de madera gastada. Las mujeres y sus aburridas vaginas se sientan a pedir tragos estúpidos y los hombres hablan de como no alcanza con tener un solo trabajo y el culo de Jesica Cirio y de como la vida les vomitó en la cabeza. Se apagaron las risas. Hay por lo menos veinte botellas a medio vaciar que son testigos de un juicio donde el acusado sos vos. Las parejas, con su sexo inutil, con sus peleas triviales y sus lágrimas en el medio de la noche no hacen más que ruido blanco. Ya ni siquiera te dejan llenar un cenicero y que el aire se ponga púrpura de la cantidad de cigarrillos que ahogan el ambiente. Tratás de seguir el ritmo de la canción que suena, con el pié. Estás totalmente fuera de tiempo. Los ojos que reflejan un televisor apagado no tienen vida. ¿A donde se fueron los muchachos de ese verano, que llenaban este lugar como ratas y lo destrozaron como leones recien salidos de la jaula, enojados con un domador invisible? Tocás con los dedos, recorrés el lugar donde alguna vez te apoyaste para pedir la cerveza numero diecinueve y no había otra cosa en el mundo que tu corazón encendido por lo que realmente valía la pena. Verdadera acción.

Cuando no eras otra cosa que una estación transformadora.

El vaso se calienta mientras dos chicas no ocultan demasiado que se están riendo de mí, de mi bronceado de minimarket. Una moza pasa por al lado y mete uno de sus dedos en uno de los agujeros de mi remera. Mi grasa se acomoda en una banqueta, fria. Gordo y enfermo de nuevo. Con una leve sonrisa. Caminando por una calle oscura en mi cabeza. Las copas dadas vuelta por encima de mi cabeza cuelgan como navajas listas para ejecutarme. Es guillotina todo el tiempo. No le puedo escapar a lo mágico que es estar muriendo todo el tiempo. Le miro las tetas pequeñas a la moza y me sonrie. Tiene los ojos grandes y el pelo largo, rubio. Cae como una pilsner sobre sus hombros. Hago todo el trabajo mental de llevarla a mi cama, desnudarla, besarle cada agujero, santificarla, evitar que nos enamoremos, no manchar las sábanas, tomar un trago de algo mientras ella mea en el baño. Es casi medio segundo donde me agoto. Es mi relación más duradera, mi "polvo" más importante: eso de las mujeres en mi cabeza. Vuelvo a mirarla. La veo luchar con varias pintas y un plato de algo definitivamente cocinado para la mierda. ¿A donde quedaron todos los muchachos que le acabaron en la cara? Pasa por al lado mio con la velocidad de un auto manejado por un borracho. Puedo sentir su perfume mezclado con limpiador de vidrios y gin. Mi ojos pequeños se cierran y la beso en una especie de sueño ebrio en el medio de la noche. Trato de acordarme su nombre. Me tomo un trago más. Me conecto a 220.

Antes era todo pasión. No había un minuto para respirar, casi. No había un solo hijo de puta masticando un pedazo de la vida y tomandose medio cajón de cualquier mierda barata. Era una pelea hombro a hombro, no había paz. Si había tiempo para las pequeñas glorias. Para puñetazos bien dados. Nafta para el juego. Todo estaba en llamas. Se llenaban los lugares con solo un puñado de esos animales, estaba todo genuinamente vivo. Pareciera que cada uno de ellos, incluyéndome a mi, fué cayendo en una trampa atrás de la otra. Y se nos fué rompiendo el corazón de a poco. Y un hombre con el corazón roto está a nada de morder la bala; de terminar culo para arriba, flotando en la costa del Parque España, en la parte donde los perros se suicidan.

Está haciendo falta ese ruido ensordecedor. Guitarras acoplando todo el tiempo.

Ya ni siquiera vale la pena levantarse con alguna puta o con la mujer de tu vida. Las madrugadas son largas y el cielo vive sumergido en un negro que no me mueve un solo hueso. Quiero creer que sistemáticamente me fueron robando pedazos de el alma. Busco recuperarlos en el silencio de mi casa vacia, en el momento que se quiebra el día, sin ninguna lámpara prendida, con el ruido pequeño de mi corazón (un juguete viejo al que le suenan los engranajes, despacio y casi muertos) como única companía. Pero no lo logro. Solamente consigo juntar los cadáveres. Hay algunos momentos, donde parezco recuperarla por completo. Lo mismo es una sola ilusión. Ahí afuera hay pedazos mios, en esquinas donde caminé enamorado del juego, caminando por Rosario como un gran tablero. Tirando los dados en cada cuadra. Ahora las cartas están todas marcadas, los jugadores se rien a lo lejos, las fichas se perdieron. Desperdiciando el hígado y el aliento en una mano que está perdida. Todo ese gusto a tierra y a gusanos.

Me levanto. Pido la cuenta. Una moza tira su bandeja llena a la mierda. Por fín algo de acción.

sábado 8 de mayo de 2010

Como tiene que ser, cada nuevo capitulo infernal de esta vida se vuelve a abrir de una manera similar:

Con la cama vomitada a un costado y sangre entre las sabanas. Con uno queriendo saber que carajos pasó anoche y queriendo saber que carajos pasó con la vida en general. Despertando con la furia de una mujer al teléfono. Con el sabor del final en la boca del estomago: furioso y amargo. Derrotado desde el culo hasta las orejas.

Ya empiezo a notar como nuevamente el dia se confunde con la nocturnidad. Veo una niebla profunda que no deja que la belleza ilumine nada y solamente quedan los edificios hermosamente grises que le dan la tonalidad perfecta al panorama. Las chicas enamoradas y contentas desaparecen de las calles y no queda ni un rastro ni el perfume de ninguna de ellas. Solamente sombras que se arrastran: hombres que perdieron batallas importantes, como yo, y a los que no les interesa ya la guerra esta del día a día asi que viven escapando y vagabundean como fantasmas que murieron en combate por una desolada zona de batalla: Rosario en un Sabado a la tarde. Donde el sol no ilumina más nada y parece como que la noche anterior todavia siguiera viva.

La vereda vuelva a parecer cruel e interminable. La falta de sentido regresa y me pierdo. Me mezclo entre los autos mal estacionados y los tachos de basura y me confundo: soy yo relevante para este paisaje o no soy lo mismo que esa botella de licor barato aplastada contra esa puerta?. La resaca me derrota y no puedo pensar derecho. Mi miseria se alarga y se hace una calle que no tiene final. Es raro esto pero no es foráneo, esto de volver a un estado básico y casi indispensable: estar solo. Enteramente solo. Sin demasiadas ganas de nada más que explotar en un millón de pedazos, en soledad.

Los negocios empiezan a quebrar y las parejas entran en bancarrota emocional y yo no puedo hacer otra cosa que mirar como todo se desarrolla en mi sala de cine personal: puedo sentarme a observar como todo se destruye y apreciarlo como si fuera la mejor pelicula que nunca fué filmada. Soy un desastroso documental. Y un muy mal realizador cinematográfico, por lo menos no uno taquillero. Puedo ver la catastrofe y el drama en todos lados, hasta en esa señora que carga medio pollo con papas y una botella de vino caro. Hasta en el más minusculo detalle, no veo sentido y pienso que es un desastroso emprendimiento el general de las cosas. Veo como negociamos todos los días con todo - para que la unica ganancia que tengamos sea esta? Un sabado a la tarde de resaca?

Rosario se calla por un segundo y solamente se escucha como yo camino por todos lados, como un perro mojado, como un amante eunuco, como un pajaro negro que no tiene más alas.
Me abraza el frio de la tarde y puedo sentir a alguien decir mi nombre de lejos, tal vez dentro de una muy elaborada puteada, pero me mencionan al fin y al cabo. Dejo que me acaricien las palabras de la mujer de mi vida, que, dulcemente dice cosas en mi cabeza con una voz que no conozco y se mueve desnuda en mi cama: manchandose un poquito las tetas con la sangre y la cerveza astronomicamente cara de ayer. Todo esto en mi cabeza, mientras me muevo sigilosamente por una ciudad que cerró repentinamente la boca y dejó todo tan mudo que hasta los semaforos logran aturdirme. Ya no quiero escuchar nada.

Por eso, hay veces que uno se pregunta "como puede ser que estoy metido en esto de nuevo"? y puede ser que al final, cuando parece que se abre un nuevo capitulo en realidad no es más que una triste repetición. Sigue siendo toda una gran y larga fila de cagaderas, borracheras, hospitales y cuentas de telefono. Cuando uno se perdió en algun momento de la vida, de eso no se sale más. Imposible encontrarse una vez perdido. Mascotas que dejaron de ser adorables, encerradas en una gran cámara de gas invisible. Nunca estuvimos haciendo otra cosa que muriendo lentamente, aún en una tarde como esta. Donde hay tantos bares y treinta centavos en el bolsillo. Donde las mujeres se hacen a un costado y dejan el panorama limpio para que entre la ruina nuevamente a mi vida.

Si pudiera, estaria fumando, sentado con una cerveza en la mano. Como para celebrar no solo el cumpleaños de un gran amigo, pero tambien para celebrar: mi retorno triunfal a la tristeza.

El amor? es una botella con una etiqueta cara.

viernes 6 de noviembre de 2009

Es tán dificil ser yo que me tuve que suicidar para poder volver.

Yo soy de esos tipos que no disfrutan de las luces. Me manejo perfectamente en las penumbras. Por eso un día apagué la luz, tiré la cadena y me fuí al sobre. Desaparecí de entre la gente porque tenía ganas. El chiste interno ya no tenía mas gracia, estabamos cansados de reirnos de lo mismo. Ahí fué cuando decidí que era mejor pasar a un cuarto plano, lo más alejado del mismo terreno embarrado donde la gente en una especie de delirio diarreico, dentro de lo que amablemente voy a definir como "complejo de dios" (para no decir "pedo en la cabeza") habla en sus sucios y vulgares rincones de la internet sobre cosas totalmente despegadas de una realidad nítida, patente. Me vi parte del "más de lo mismo" y no sabía como despegarme (creo que todavia no lo sé tampoco) el papel higienico de la berretada que se me pegó en algún momento a la zapatilla sucia.

Puse las birras a enfriar y dije "acá me quedo". No hay nada más cicatrizante para un hijo de puta como yo que enloquecer, entrar en un lindo agujero negro, tocar un nuevo fondo y después salir. Una vez que visitaste el sotano, el baño de arriba te parece un palacio. Volvés a apreciar las cosas chiquitas: la botella enfriandose sola, la cama vomitada y la luna que te devuelve una mirada que se refleja en vos y en cientos de miradas solitarias que la miran con la misma melancolia. Brillan chiquitas las estrellas y dan como vueltas, giran como si estuvieran arriba de una chata en una despedida de soltero. Borracheras, más borracheras y la compania de una puerta que cierra mal y las cañerias que te charlan en esas noches donde no vale la pena ni estar tomando. Todos los detalles minúsculos se vuelven tan importantes cuando te volvés completamente loco. No te importan las mujeres, no te importan las carreras terciarias ni una carrera estable ni un plato caliente servido por el mozo más culorroto de Rosario en el lugar mas culorroto de Rosario. La vida te sirve tanta mierda tibia todos los dias que cuando reaparece aunque sea el polvillo de las cosas fuertes, que realmente valen la pena, ahí volvés a ser vos.

Entonces ahí es cuando empezás de nuevo. En el final.

Y el final tiene el mismo gusto de siempre: dolor de cabeza y levantar el telefono para preguntarle a un queridisimo que es lo que había pasado anoche. Parte de lo que pasó hoy (por lo de anoche) se hizo reflejo en estar sentado acá, ahora combatiendo el fuego con fuego, codo a codo las birras de ayer se hacen las de hoy y lo que es hoy mañana desaparece pero tiene siempre el mismo gusto: reirse un poco de los vicios y morirse un rato todos los días.
Así fué que me dijo, entre hijos de una reveranda puta, un auto chocado y una pinta frustrada: "usted vuelva - que si vuelven: se van todos". Yo, totalmente partidario de la erradicación de la especie humana y promotor de la autodestrucción (cosa que se está produciendo ya de manera inconciente, gracias a la autoridad espiritual que corresponda) dije "si volver significa ese empujón final al abismo, entonces vuelvo". Y acá estoy. Espero que más pulido, con menos puteadas fáciles, igual de boludo pero más despierto, porque la vida sigue siendo ese bondi en el que uno se duerme y termina en el final del recorrido: todo galleado y sin las zapatillas.

Sin bombos ni platillos. Ni grandes anuncios. Solamente esto.

Nadie es tan importante. Nada es tan importante.

Mientras más uno camine solo y a un costado de la gente, más grande se hace.

Y una vez, estaba acostado con una puta después de un polvo descomunal y yo lo mismo seguía con el corazón roto. No pude disimularlo en la charla mientras sacaba la billetera y no pude dejar de preguntarle porque la hija de puta de turno me había hecho el gran favor (que en su momento no supe reconocer) de dejarme pudriendome en cada bar de la ciudad. No alcanzó a acomodarse las tetas que simplemente me dijo:

"Hoy hay esto. El amor vendrá en otro momento"

Esto siempre va a estar. Que al amor se lo metan en el culo.

Arranca....