jueves 28 de abril de 2011

Ahora te sentás en cualquier bar y la cerveza tiene gusto a cementerio. No pasa nada. Nada se está prendiendo fuego. Las luces se encienden con debilidad sobre una barra de madera gastada. Las mujeres y sus aburridas vaginas se sientan a pedir tragos estúpidos y los hombres hablan de como no alcanza con tener un solo trabajo y el culo de Jesica Cirio y de como la vida les vomitó en la cabeza. Se apagaron las risas. Hay por lo menos veinte botellas a medio vaciar que son testigos de un juicio donde el acusado sos vos. Las parejas, con su sexo inutil, con sus peleas triviales y sus lágrimas en el medio de la noche no hacen más que ruido blanco. Ya ni siquiera te dejan llenar un cenicero y que el aire se ponga púrpura de la cantidad de cigarrillos que ahogan el ambiente. Tratás de seguir el ritmo de la canción que suena, con el pié. Estás totalmente fuera de tiempo. Los ojos que reflejan un televisor apagado no tienen vida. ¿A donde se fueron los muchachos de ese verano, que llenaban este lugar como ratas y lo destrozaron como leones recien salidos de la jaula, enojados con un domador invisible? Tocás con los dedos, recorrés el lugar donde alguna vez te apoyaste para pedir la cerveza numero diecinueve y no había otra cosa en el mundo que tu corazón encendido por lo que realmente valía la pena. Verdadera acción.

Cuando no eras otra cosa que una estación transformadora.

El vaso se calienta mientras dos chicas no ocultan demasiado que se están riendo de mí, de mi bronceado de minimarket. Una moza pasa por al lado y mete uno de sus dedos en uno de los agujeros de mi remera. Mi grasa se acomoda en una banqueta, fria. Gordo y enfermo de nuevo. Con una leve sonrisa. Caminando por una calle oscura en mi cabeza. Las copas dadas vuelta por encima de mi cabeza cuelgan como navajas listas para ejecutarme. Es guillotina todo el tiempo. No le puedo escapar a lo mágico que es estar muriendo todo el tiempo. Le miro las tetas pequeñas a la moza y me sonrie. Tiene los ojos grandes y el pelo largo, rubio. Cae como una pilsner sobre sus hombros. Hago todo el trabajo mental de llevarla a mi cama, desnudarla, besarle cada agujero, santificarla, evitar que nos enamoremos, no manchar las sábanas, tomar un trago de algo mientras ella mea en el baño. Es casi medio segundo donde me agoto. Es mi relación más duradera, mi "polvo" más importante: eso de las mujeres en mi cabeza. Vuelvo a mirarla. La veo luchar con varias pintas y un plato de algo definitivamente cocinado para la mierda. ¿A donde quedaron todos los muchachos que le acabaron en la cara? Pasa por al lado mio con la velocidad de un auto manejado por un borracho. Puedo sentir su perfume mezclado con limpiador de vidrios y gin. Mi ojos pequeños se cierran y la beso en una especie de sueño ebrio en el medio de la noche. Trato de acordarme su nombre. Me tomo un trago más. Me conecto a 220.

Antes era todo pasión. No había un minuto para respirar, casi. No había un solo hijo de puta masticando un pedazo de la vida y tomandose medio cajón de cualquier mierda barata. Era una pelea hombro a hombro, no había paz. Si había tiempo para las pequeñas glorias. Para puñetazos bien dados. Nafta para el juego. Todo estaba en llamas. Se llenaban los lugares con solo un puñado de esos animales, estaba todo genuinamente vivo. Pareciera que cada uno de ellos, incluyéndome a mi, fué cayendo en una trampa atrás de la otra. Y se nos fué rompiendo el corazón de a poco. Y un hombre con el corazón roto está a nada de morder la bala; de terminar culo para arriba, flotando en la costa del Parque España, en la parte donde los perros se suicidan.

Está haciendo falta ese ruido ensordecedor. Guitarras acoplando todo el tiempo.

Ya ni siquiera vale la pena levantarse con alguna puta o con la mujer de tu vida. Las madrugadas son largas y el cielo vive sumergido en un negro que no me mueve un solo hueso. Quiero creer que sistemáticamente me fueron robando pedazos de el alma. Busco recuperarlos en el silencio de mi casa vacia, en el momento que se quiebra el día, sin ninguna lámpara prendida, con el ruido pequeño de mi corazón (un juguete viejo al que le suenan los engranajes, despacio y casi muertos) como única companía. Pero no lo logro. Solamente consigo juntar los cadáveres. Hay algunos momentos, donde parezco recuperarla por completo. Lo mismo es una sola ilusión. Ahí afuera hay pedazos mios, en esquinas donde caminé enamorado del juego, caminando por Rosario como un gran tablero. Tirando los dados en cada cuadra. Ahora las cartas están todas marcadas, los jugadores se rien a lo lejos, las fichas se perdieron. Desperdiciando el hígado y el aliento en una mano que está perdida. Todo ese gusto a tierra y a gusanos.

Me levanto. Pido la cuenta. Una moza tira su bandeja llena a la mierda. Por fín algo de acción.

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